Artículos culturales
Dos pueblos comparten en San Pedro de Gaíllos su danza de palos
La semana anterior al encuentro, en Cerezo de Abajo volvieron a chocar los palos del paloteo. No ocurría desde los años ochenta. El dato lo aportó Cristina Díez, nieta de uno de los últimos danzantes, durante el conversatorio celebrado en el Museo del Paloteo.
El acto fue presentado y moderado por Arantza Rodrigo, directora del Centro de Interpretación del Folklore, que explicó el planteamiento del ciclo antes de dar paso a las dos delegaciones: reunir a pueblos donde la danza sigue viva con aquellos en los que solo permanece en la memoria. El contacto con Cerezo de Abajo surgió a partir de una referencia localizada en la hemeroteca.
Herrín de Campos: un libro de cofradía de 1828
Por Herrín de Campos intervinieron Jesús y Roberto, este último chiborra de la danza, en representación de la asociación La Pájara Pinta. El grupo visitó previamente el museo y ofreció una demostración de uno de sus lazos.
Los representantes vallisoletanos situaron el origen documental de su danza en el libro de la cofradía de San Antonio, fechado en 1828 y conservado en el Archivo de Valladolid. La cofradía se constituye en 1830 y el libro en uso actualmente arranca en 1917, año a partir del cual dejó de ser obligatorio pertenecer a ella para danzar.
Lo que ordena el artículo doce
La presentación proyectó íntegro el artículo doce de aquella regla, que describe cómo debía ejecutarse la danza y permite deducir que la práctica era anterior y que el texto vino a ordenarla.
El artículo establece que la danza se compone de ocho hermanos, los de incorporación más reciente a la cofradía, y que uno de ellos queda obligado a vestirse de chiborra, botarga o cachidiablo. El coste que origine la danza corre a cargo de los propios danzantes, junto a cuatro ducados de entrada y una vela de media libra de cera.
El texto solo admite dos excusas para no danzar: la imposibilidad física y el luto, con un plazo de un año por padres, esposas e hijos y de seis meses por el resto de familiares. Quien no danzara sin causa justificada debía costear un sustituto ágil y apto para no restar lucimiento a sus compañeros en las evoluciones y los lazos; la negativa reiterada suponía la exclusión de la cofradía, previo aviso del abad, el mayordomo y tres de los hermanos más antiguos.
La regla fija también el calendario: el primer ensayo del año se celebra el 9 de mayo, una fecha que el grupo mantiene y que, según explicaron, funcionaba cuando la población residía en el pueblo entre mayo y junio.
Sobre la indumentaria, detallaron las tres enaguas abotonadas que producen el vuelo característico y la V que forman los lazos en pecho y espalda. El color de las cintas ha cambiado: hoy se usan lazos rosas en la víspera y azules el 13 de junio, día de San Antonio, mientras que las fotografías antiguas muestran combinaciones de verde, amarillo o rojo.
Se conservan cinco lazos y un pasacalles. Los asistentes de Herrín citaron además lazos perdidos, entre ellos el Merino, del que hay referencias en localidades vecinas.
Cerezo de Abajo: una nota aparecida esa misma mañana
Cristina Díez y Natalia Sanz, hija de Mari Carmen Domingo, expusieron el caso contrario: un pueblo sin danza desde hace décadas y con la información dispersa entre las casas.
Díez reconstruyó el episodio de los años treinta a partir de una nota manuscrita de su abuelo, Vicente Díez, localizada la misma mañana del encuentro. Según ese documento, Felipe Díez Martín "Pipeta" reunía a los jóvenes en el molino donde trabajaba para enseñarles acordeón y guitarra, y allí surgió la idea de recuperar las danzas. El grupo ensayaba hora y media o dos horas cada día al terminar la jornada.
Con ese repertorio danzaron por la comarca, en Riaza y en la fiesta del Rosario, patrona del municipio, que se celebra en octubre. En 1931 participaron en la verbena organizada por el Centro Segoviano en Madrid en la plaza de toros, donde, según la nota del abuelo, obtuvieron el primer premio. Interpretaron danzas de palos, de castañuelas y el baile de cintas.
Díez nombró a los danzantes de la fotografía conservada: Teófilo Guijarro, Vicente Muñoz Díez, Francisco Díez, Miguel Díez, Julián Díez, Valentín Díez, Vicente Díez y Diodoro Lozano, dirigidos por Felipe Díez Martín, con los músicos sepulvedanos El Carterillo y El Salinero.
El intento de los años ochenta
Natalia relató el segundo episodio. En 1985 y 1986, su madre, Mari Carmen Domingo, empezó a reunirse con Teófilo Guijarro y Vicente Díez para recopilar melodías, cruces y escenografía. Del proceso musical se ocupó Pablo Zamarrón, que transcribió nueve danzas a partir del tarareo de los dos antiguos danzantes: cuatro de palos, una de tejido de cintas y tres de castañuelas. Una de ellas quedó grabada en el disco La Pavana, del grupo La Órdiga.
Díez destacó la precisión con la que ambos transmitieron las melodías medio siglo después de dejar de danzar, sin conocimientos musicales.
El grupo que se formó entonces lo integraron ocho niños y niñas, que realizaron dos representaciones en las fiestas del Rosario de 1986 y 1987. Natalia señaló que la danza de cintas resulta más fácil de recordar que los cruces del paloteo.
Indumentaria, letras y relevo generacional
El coloquio se abrió después al público, con intervenciones de investigadores y del grupo de danzas local. Una de las preguntas más repetidas fue el origen de las enaguillas y su lectura como prenda femenina. Los participantes coincidieron en que se trata de un elemento documentado en distintas latitudes de la península y asociado a la danza desde antiguo, y en que la comparación con la moda actual induce a error.
También se abordó la pérdida de la enaguilla en muchos municipios segovianos a partir de los años cincuenta, sustituida por el pantalón, y la conveniencia de acudir a las fuentes primarias —fotografías y testimonios directos— a la hora de recuperar. "Lo vuestro es lo vuestro", resumió uno de los asistentes al reclamar rigor en el detalle.
Otro bloque se centró en las letras de los lazos, que los danzantes memorizan para seguir el ritmo aunque no se canten durante la danza. La presentación proyectó dos de ellas: la del lazo "Señor mío Jesucristo", de contenido devocional y estructura repetida, y el romance "Los pajaritos de San Antonio", la pieza que acompaña la entrada y la salida de la procesión. Este último narra la infancia del santo y el encargo paterno de vigilar el huerto, con el estribillo que advierte que los pájaros lo echan todo a perder.
Los asistentes discutieron el origen de estas letras. Algunas se sitúan en torno a los años cuarenta y otras remiten a un momento anterior a la guerra civil, con la hipótesis de que fueran los propios danzantes quienes las compusieran para coordinarse, dado que el dulzainero cobraba por actuación y no acudía a los ensayos.
El coloquio abordó por último el relevo generacional. Desde Herrín de Campos explicaron que los niños aprenden en un día de la semana cultural durante el verano, la única época en que están en el pueblo, y que el danzante más joven del grupo tiene dieciocho años.
Palos nuevos y palos usados
El encuentro se cerró con un intercambio: el grupo de Herrín de Campos entregó al museo la reproducción de una foto antigua y un juego de palos, y recibió a cambio un palo usado y otro nuevo del grupo de danzas de San Pedro de Gaillos junto a una bolsa con publicaciones del centro.
Los elementos de indumentaria cedidos por familias de Cerezo de Abajo —chalecos con esclavina, rosetones y cintas, pantalones y calzas— permanecerán expuestos en el museo hasta final de año. Faltan por localizar las enagüillas. La organización ha anunciado que el ciclo tendrá continuidad con nuevos encuentros.




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