La opinión de nuestros lectores
Lo que el fuego del Pico del Lobo nos enseña y nos interpela
El incendio que ha arrasado el Pico del Lobo nos ha golpeado con dureza, no solo por la magnitud del fuego, sino por lo que simboliza. Durante más de una semana, las llamas se resistieron a ser contenidas y avanzaron hasta amenazar la cara norte de la sierra, con sus bosques de pinos, hayas y robles, e incluso las viviendas de La Pinilla y Riofrío. Esa imagen de un territorio al borde del desastre debería servirnos de espejo: el fuego no solo calcina árboles y matorrales, sino que expone con crudeza nuestras carencias colectivas.
Cuando el bosque arde, no hablamos únicamente de pérdida material. Lo que se consume entre las llamas es parte de nuestra memoria, de nuestros paseos, del aire fresco, del silencio interrumpido solo por el viento. El Pico del Lobo no es un espacio cualquiera: es un emblema de la Sierra de Ayllón y de toda la comarca. Verlo arder nos recuerda hasta qué punto los territorios que amamos son frágiles.
Por eso es tan importante detenernos a reflexionar. El incendio desnuda problemas que permanecen ocultos en tiempos de calma: la falta de prevención adecuada, la escasa coordinación entre comunidades autónomas, la lentitud de respuesta en emergencias de gran magnitud. El fuego no conoce fronteras, pero nuestras políticas forestales siguen atrapadas en compartimentos administrativos. Esa desconexión es insostenible.
El abandono de los montes: cuando la despoblación alimenta el fuego
La tragedia también nos habla del abandono progresivo de nuestros montes. En otro tiempo, la sierra estaba habitada por pastores, resinadores, guardas forestales. Esa presencia humana contribuía a mantener el territorio vivo y vigilado. Hoy, con la despoblación en zonas rurales y la gestión en manos de oficinas lejanas, los cortafuegos se descuidan y la maleza se acumula. Así, basta una chispa para que el desastre se desate. Y el fuego nos recuerda que los bosques no se regeneran en cuatro años de legislatura, sino en décadas, y que cada pérdida es una herida profunda.
Hay, además, un contexto ineludible: el cambio climático. El incendio del Pico del Lobo no es un hecho aislado, sino parte de un patrón en el que veranos más largos, secos y calurosos multiplican los riesgos. No podemos seguir llamando "catástrofes naturales" a lo que en buena medida es consecuencia de nuestra falta de acción frente al calentamiento global. El Pico del Lobo ha ardido en un contexto en el que cada año se multiplican las alertas de riesgo extremo. Y eso exige de las administraciones, no solo medios de extinción más potentes, sino también una estrategia integral de adaptación y mitigación: desde la ordenación del territorio hasta la apuesta decidida por la prevención.
También debemos exigir transparencia y comunicación clara en emergencias. Durante los días más críticos de este incendio, muchos vecinos sentimos que la información llegaba tarde o de forma confusa. En la era digital no es aceptable depender de rumores o redes sociales mal contrastadas, para saber si nuestros hogares corren peligro. La confianza se construye con datos fiables y respeto a la ciudadanía.
De la reflexión a la acción: decisiones valientes para el futuro
La reflexión debe ser también intergeneracional. ¿Qué paisaje dejaremos a quienes vienen detrás? El incendio nos obliga a pensar a largo plazo, a ir más allá de la urgencia inmediata. Si no asumimos hoy la responsabilidad de cuidar la sierra, mañana será demasiado tarde.
Pero la reflexión, por sí sola, no basta. Necesitamos decisiones valientes y compromisos verificables. No más excusas: hacen falta planes de gestión forestal claros, inversión estable en prevención, reforzar retenes y mejorar sus condiciones laborales, recuperar oficios ligados al monte e implicar a las asociaciones vecinales.
Quienes disfrutamos de este maravilloso enclave natural, de manera permanente o como segunda residencia, sabemos que la sierra no es solo un recurso económico o un atractivo turístico, que también lo es. Es nuestro hogar extendido, un espacio que nos da agua, aire limpio, frescor en verano, belleza en invierno, una forma y un medio de vida para muchos. Defenderla es defendernos a nosotros mismos. El incendio del Pico del Lobo debe ser recordado no solo como una desgracia que podría haber sido un desastre de magnitudes que no podemos alcanzar a imaginar, sino como una llamada de atención. Una llamada a no dar por sentado que la naturaleza siempre estará ahí. Una llamada a actuar con urgencia, con responsabilidad y con compromiso colectivo.
Este suceso nos ha dejado a los vecinos de la vertiente segoviana con un nudo en la garganta. Ver cómo las llamas han estado a punto de devorar esos frondosos bosques de pinos, hayas y robles, que son el corazón verde de nuestro territorio, ha sido una experiencia que no se olvida fácilmente. Y cuando, además, el fuego se acerca a viviendas de La Pinilla o Riofrío, la sensación de vulnerabilidad se multiplica: comprendemos de golpe hasta qué punto la naturaleza y la vida de nuestras comunidades están entrelazadas.
El incendio del Pico del Lobo ha sido una advertencia en llamas. O reaccionamos ahora, con políticas valientes y con compromiso ciudadano, o tendremos que lamentar de nuevo, más pronto que tarde, una tragedia aún mayor. La sierra nos interpela: no más excusas, por favor.
Fdo: Rafael Fernández Cañas Periodista y vecino de La Pinilla