
La opinión de nuestros lectores
Nuestro campo: resistir y reinventarse
¿Y si nos toca volver a aprender el camino desaprendido de tiempos sencillos, escasos y llenos de historias de los pueblos y sus gentes? Quizás es tiempo de resistir y reinventarse.
Todo lo que necesitamos para vivir —agua, alimentos, materias primas, energía— lo produce la naturaleza o proviene del mundo rural, tan de moda para algunas cosas y tan maltratado para otras. Ahí estamos y debemos seguir estando los campesinos y campesinas para recordarlo cada día.
Quienes trabajamos en el campo y con el ganado no somos especialistas en casi nada, pero sí gentes curiosas y aprendices de casi todo, porque lo necesitamos en nuestra labor diaria.
Un sector cada vez más exiguo
El peso del sector primario, y en especial el modelo de agricultura familiar que ha sacado adelante a tantas familias, es cada vez menor. Somos pocos, dispersos y apenas interesamos como productores. A medida que se jubilan quienes han resistido hasta aquí, se cierran posibilidades para mantener un modelo más sostenible para la naturaleza y más fiable, tanto para quienes trabajan la tierra como para las personas que consumen alimentos.
Nos han vendido la idea de que cuanto más grandes seamos como agricultores o ganaderos, cuanto más dimensionadas estén nuestras explotaciones, más ganaremos y mejor nos situaremos en un mercado competitivo. Pero ¿seremos más felices?
Cuando decimos "granja", aún recordamos aquellos pequeños corrales y cuadras con una variedad de animales —vacas, ovejas, pollos, gallinas y algunos cerdos para el consumo familiar y pequeñas ventas—. Una ganadería que, junto a unas tierras de labor, sostuvo durante décadas a familias en su mayoría numerosas.
De la supervivencia a la PAC
Con la entrada de España en la Unión Europea, el sector primario afrontó una transformación enorme: mecanizarse y especializarse, dejar atrás aquel trabajo de supervivencia y asumir la disyuntiva entre marcharse a las ciudades que necesitaban mano de obra barata o quedarse y resistir.
Quienes apostamos por permanecer tuvimos que adaptarnos a cambios rápidos y a los vaivenes de la Política Agraria Común (PAC), guiada por un espíritu productivista que se explica por haber nacido tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial.
Cada subsector ha seguido su camino, pero todos comparten un rasgo: cada vez hay menos personas en la agricultura y la ganadería y, sin embargo, más producción, aunque no siempre de mayor calidad. El sistema de mercado y el modelo productivo han marcado esa tendencia.
Tres retos compartidos
El reto alimentario que, como productores, debemos plantearnos es si podemos hacerlo mejor: con más garantías sanitarias, más calidad y mayor cercanía.
El reto que, como consumidores, debemos asumir es si también podemos hacerlo mejor: con mayor consciencia y compromiso, pagando precios justos que dignifiquen el trabajo de quien produce y priorizando los alimentos de temporada y de cercanía, conscientes del impacto del transporte en el actual sistema alimentario.
Y el reto que corresponde a gobiernos y organismos —regional, estatal, europeo y global— es apostar por políticas agrarias que no se guíen por el beneficio ni por la sumisión al gran capital, sino por la alimentación como derecho básico, asumiendo la soberanía y la seguridad alimentarias y un respaldo real a la agricultura familiar. Cabe preguntarse, además, si las legislaciones y los controles bastan para garantizar la equidad, la transparencia y la lucha contra el fraude.
Comprar también es decidir
¿Nos paramos a pensar si aquello que compramos barato y venido de lejos cumple las mismas garantías que se nos exigen aquí? ¿Somos igual de exigentes con lo que comemos que con la tecnología que adquirimos?
Con nuestras decisiones de compra podemos degradar el planeta o cuidarlo, contaminar o reducir nuestra huella, alentar la explotación laboral o contribuir a precios justos. Nuestras decisiones como consumidores son también decisiones políticas: con ellas inclinamos la balanza hacia cuidar la tierra o agotarla, sostener la vida o deteriorarla.
Reinventémonos y hagamos lo correcto, del lado adecuado de la historia y de nuestra propia supervivencia. Tal vez nos toque recuperar esa enseñanza olvidada: la de lo sencillo y lo austero como escuela de supervivencia; la del cuidado de la tierra como garantía de vida de los pueblos; la de lo comunitario como forma de resistencia y creatividad.
Es tiempo de resistir y reinventarse.




Escribir un comentario