Personajes del Nordeste
Roberto Coromina, artista: «El futuro está por pintar»
Su obra dialoga con los maestros del barroco —Vermeer, Velázquez, Zurbarán, Rembrandt— a través de la pintura, la escultura y la instalación. Ha recibido becas de la Fundación Pollock-Krasner, la Academia de España en Roma y la Fundación Marcelino Botín, y ha expuesto en galerías de Nueva York, Turín, Sevilla, Zaragoza y Madrid. El pasado año presentó una exposición en la Sala Vaquero Poblador de Badajoz a partir de sus paseos por el nordeste segoviano. Una parte de esas obras se puede ver ahora en el Centro Conde Duque de Madrid.
Su instalación en esta comarca no es un retiro. Es un traslado de estudio.
¿Cómo llega a Alconada de Maderuelo un artista con una trayectoria tan ligada a las grandes ciudades?
La primera vez que visité el nordeste de Segovia fue en un viaje desde Madrid a Soria. Hice una parada en Ayllón porque una amiga me recomendó que la visitara —me interesan las construcciones con adobe y la arquitectura vernácula—. Recuerdo ese viaje alejándome de Madrid por un paisaje que me pareció inspirador y que mejoraba cuanto más me alejaba, ampliándose y haciéndose más vasto, luminoso y variado.
Nací en Remolinos, Zaragoza, un pueblo de unos mil habitantes. Estudié en Barcelona, donde viví diez años y cumplí mi deseo de vivir en una ciudad. Luego vinieron otras: París, Roma, Nueva York. Después de más de treinta años en ciudades, tomé la decisión en 2021 de instalarme en una zona rural, mientras disfrutaba una residencia artística en Bilbao. En mi juventud me imaginaba viviendo en el campo, pintando y disfrutando de la naturaleza.
Cuando buscaba casas en internet, lo primero que visité fue una tenada en esta zona. Me gustaba la idea de un espacio diáfano donde vivir y trabajar, un «loft rural». Alquilé una casa en Alconada de Maderuelo para estar cerca. Unos meses después compré la casa en la que vivo ahora.
¿Qué tiene este territorio que no encontraba en Nueva York o en Madrid?
Las ciudades te ofrecen estímulos y compromisos constantes a los que dedicas mucho tiempo. Una ciudad te roba tiempo y tranquilidad por su continua oferta. La creación requiere concentración y silencio.
Me gusta el paisaje del nordeste de Segovia por su variedad, por las formas redondeadas que me recuerdan a un mar petrificado. Cada día paseo, hago el mismo recorrido y cada día observo algo que no había visto. Es un buen entrenamiento para la observación.
Su obra lleva décadas cuestionando la pintura clásica. ¿Qué le queda por preguntarle a Vermeer o a Velázquez?
Los artistas clásicos son inagotables. Las preguntas van apareciendo continuamente porque mi proyecto evoluciona y mi mirada va cambiando. Enfoco el trabajo artístico como un proceso independiente: tienes que observar, reflexionar, escuchar al material. En este caso el material es la Pintura y la historia del Arte, a las que siempre vuelvo. Si me pregunta en unos meses le diré cuáles son las preguntas nuevas.
¿Cómo convive ese proceso de deconstrucción en un entorno rural, lejos de museos y galerías?
En 1994 viajé a Nueva York con una beca para trabajar como asistente de Gary Stephan. En una conversación con su mujer, la artista Suzanne Joelson, me explicó que Gary ya no necesitaba ver exposiciones, que su momento era el de una introspección para desarrollar su proyecto personal. En ese momento no lo entendí. Ahora sí.
Las exposiciones que visito ahora las analizo desde una perspectiva, digamos, lateral: entro en las obras por las suturas, para descifrarlas. El proceso creativo marca sus propias preguntas. Desmonto y recompongo la Pintura sea sobre una tela, un muro, una fotografía o una cerámica, sea en este entorno u otro. Evidentemente no soy impermeable a lo que me rodea —lo que vivo influye en las obras— y este proceso de cambio ya está en marcha.
¿En qué proyecto trabaja ahora?
Tengo en mente revisar lo que he hecho hasta ahora: intervenir las obras antiguas que guardo. Es un proyecto complejo que tengo que madurar antes de realizarlo; en algún caso consistirá en transformar y destruir lo que hice hace tiempo. Mientras llega ese momento, mi propósito es cuidar la práctica diaria para descubrir los diferentes caminos que voy abriendo. Siempre observando y escuchando las pautas e incógnitas: son los elementos esenciales que me interesan de la pintura, que es un constante cuestionar.
¿Ha entrado el paisaje del nordeste segoviano en su obra?
El año pasado expuse en la Sala Vaquero Poblador de Badajoz, presentando mi práctica artística desde mis paseos. Pinté las paredes de la sala con dos colores —rojo óxido y azul—, que representaban la línea montañosa del horizonte y el cielo. Dispuse las pinturas como si de un diario se tratase, ordenadas cronológicamente. Una parte de esas obras se puede ver ahora en el Centro Conde Duque de Madrid.
La comarca tiene una despoblación pronunciada. Instalarse aquí, ¿es una apuesta o simplemente buscar silencio?
Son ambas cosas. Si quieres que las cosas cambien tienes que tomar decisiones, aunque sean apuestas con un futuro incierto. Trabajar en un entorno tranquilo es necesario en mi caso y el silencio un plus. Me gustaría que otros artistas se instalaran aquí, colegas con los que tener conversaciones propias de nuestra actividad. Desde que vivo en Alconada he conocido a artistas que llevan años en esta zona, como Lennie Bell o Amador García.
Lleva más de tres décadas con una carrera reconocida internacionalmente pero con escasa presencia en el circuito del arte español más mainstream. ¿Es una elección o una consecuencia?
Las oportunidades no dependen de mí, están fuera de mi control. He conseguido mucho más de lo que estaba predestinado en mi origen y tengo cumplidos muchos objetivos que me planteé cuando empecé. Sigo investigando porque no hay límite en la creación. No sé cómo evolucionará, y eso es lo que me mantiene alerta y con ganas de ver materializadas estas ideas. El futuro está por pintar.
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