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La opinión de nuestros lectores

Los pueblos del Nordeste de Segovia no cierran después del verano

OPINIÓN DE NUESTROS LECTORES. Cuando terminan las fiestas de septiembre y los veraneantes regresan a la ciudad, en los pueblos del Nordeste de Segovia se queda la gente que vive aquí los doce meses del año. Juan Carlos González Sanz, vecino de Sigueruelo, sostiene que las políticas contra la despoblación deberían empezar por cuidar a quienes ya están.

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Con las fiestas en torno a la Virgen —cada pueblo con su advocación, herencia de una tradición que durante siglos ató la vida religiosa al calendario agrícola— llega también el final del verano. Las plazas y las calles se vacían poco a poco, los veraneantes vuelven a sus residencias habituales y los pueblos regresan a su realidad cotidiana.

Y con septiembre vuelve una idea que conviene desmontar cada año: los pueblos no están muertos en invierno, ni viven únicamente en verano.

Hay personas que viven en ellos los doce meses. Trabajan, pagan sus impuestos, llevan a sus hijos al colegio, compran en los comercios de la zona —muchas veces no hay comercio en el propio pueblo—, utilizan los servicios públicos y mantienen sus casas abiertas cuando llega el frío. Son ellas quienes sostienen los pueblos cuando desaparecen las terrazas llenas, las fiestas y el bullicio del verano.

Sin embargo, demasiadas veces las políticas contra la despoblación parecen diseñadas pensando más en quienes podrían venir que en quienes ya están.Sigueruelo 2

Ciudadanos de primera y de segunda

Los pueblos próximos a las ciudades tienen además una segunda realidad: los fines de semana se convierten en lugares de descanso, de ocio y de desconexión. Y está bien; tenemos mucho que ofrecer y debemos estar orgullosos de ello. Pero hay una pregunta que las administraciones deberían hacerse: ¿queremos pueblos para vivir o simplemente pueblos para disfrutar?

No podemos aceptar que haya servicios suficientes cuando llegan cientos de personas en verano o los fines de semana, y servicios insuficientes cuando solo quedan quienes viven aquí todo el año. No podemos construir un modelo rural basado exclusivamente en la segunda residencia. Quien vive todo el año en un pueblo no puede ser un ciudadano de segunda: tiene exactamente los mismos derechos que quien vive en una ciudad.

"Fijar población" es mucho más que un eslogan

"Fijar población" se ha convertido en el mantra de las políticas institucionales sobre el mundo rural. Lo escuchamos en discursos, programas, estrategias y convocatorias que se realizan en nuestros pueblos. Pero fijar población no consiste simplemente en decir que queremos fijarla.

¿Dónde están los servicios sanitarios suficientes? ¿Dónde está el transporte público que permita a una persona mayor desplazarse sin depender de un familiar o de un vecino? ¿Dónde está la vivienda disponible? ¿Dónde están los servicios educativos, culturales y deportivos? ¿Dónde están las oportunidades de empleo y las comunicaciones que permitan trabajar y estudiar desde aquí?

No se puede pedir a una familia que se instale en un pueblo y ofrecerle después servicios propios de otra época. No podemos exigir a la gente que se quede si las administraciones no garantizan las condiciones para poder quedarse.

El teletrabajo no arregla por sí solo la despoblación

Se habla mucho del teletrabajo como una de las grandes oportunidades del medio rural. Y lo es. Pero para teletrabajar hace falta algo tan básico como una conexión de calidad: la fibra óptica no puede ser un privilegio según el núcleo en el que uno viva.

Tampoco puede pensarse que el teletrabajo vaya a resolver por sí solo la despoblación. Nuestros pueblos necesitan además trabajadores, agricultores, ganaderos, autónomos, comerciantes, hosteleros, profesionales de los servicios y personas que cuiden a diario del territorio.

El trabajo que no aparece en las estadísticas

Hay una parte de la economía rural que apenas se reconoce: la de quienes mantienen el territorio. Quienes arreglan los caminos, cuidan los montes, sostienen las explotaciones ganaderas, limpian y protegen los espacios naturales, garantizan que funcionen las redes de agua, saneamiento y electricidad, o mantienen abiertos los pequeños negocios.

Todo ese trabajo tiene un valor económico, pero también social y territorial. Sin esas personas, el mundo rural no solo pierde población: también pierde territorio. Y cuando un pueblo pierde servicios, actividad y vecinos, recuperar lo perdido resulta mucho más difícil.

Quienes llegan buscando un futuro

A nuestros pueblos también llega gente que no viene a teletrabajar, sino a buscar un futuro mejor para ellos, para ellas y para sus familias. Encuentran empleo en la construcción, en las labores agrícolas, en el cuidado de nuestros mayores o en la hostelería. Ese trabajo lo necesitamos para garantizar el futuro de nuestros pueblos.

Sigueruelo 3Muchas de estas personas no han nacido en España y llegan con una cultura de origen que también necesita espacio y tiempo para dialogar con nuestras costumbres y hábitos. Generar esos espacios de encuentro y diálogo evitará la formación de guetos y facilitará el crecimiento social, cultural y económico de nuestros pueblos.

Los ayuntamientos no pueden hacer milagros

Los ayuntamientos son la administración más cercana al vecino: reciben cada día sus problemas y sus necesidades. Pero son también, especialmente en los municipios pequeños, quienes menos recursos económicos y humanos tienen.

Por eso no basta con pedirles que "fijen población". Hay que dotarlos de recursos, garantizar financiación suficiente y coordinar las políticas de las distintas administraciones. Y hay que entender, de una vez por todas, que mantener un pueblo vivo durante doce meses cuesta dinero.

Gracias a quienes se quedan

Cuando termina el verano no deberíamos hablar de pueblos vacíos, sino de pueblos que resisten. Y deberíamos acordarnos de quienes hacen posible esa resistencia: de quienes viven aquí durante el invierno, mantienen sus negocios, abren cada mañana sus puertas, cuidan de sus mayores, sostienen las tradiciones, acogen a los recién llegados y participan en la vida de la comunidad. También de quienes acaban de llegar y han decidido quedarse. Ellos son los verdaderos protagonistas de la lucha contra la despoblación.

Si de verdad queremos mantener vivos nuestros pueblos, hay que reconocer algo muy sencillo: no se trata únicamente de atraer nuevos habitantes, sino de cuidar a quienes ya están. Gracias a ellos nuestros pueblos siguen vivos durante el invierno. Y gracias a ellos, cuando lleguen de nuevo el fin de semana y el verano, habrá un pueblo al que volver.

Juan Carlos González Sanz Sigueruelo (Segovia), 8 de septiembre de 2026

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