
Personajes del Nordeste
Prádena: tres generaciones de mujeres, un mismo mostrador
Caty recuerda que la decisión de abrir la carnicería la tomaron entre los dos, ella y Lorenzo, y que el motivo principal fue el estrés de la vida en Madrid. Así nació en 1980 el negocio familiar de Prádena.
En aquellos primeros años, ella se encargó de todo: el mostrador, la casa y la crianza de los hijos, en una época en la que los pañales todavía se lavaban a mano.
Cuando se le pregunta si su trabajo se veía entonces como una ayuda al marido, lo niega. Lo que sentía, explica, era que estaba sacando una familia adelante. Lo que ha transmitido a su hija lo resume en tres ideas: que te guste lo que haces, la responsabilidad y la paciencia.
Sandra: crecer en la trastienda
Sandra no sabe decir cuándo empezó a ayudar en la tienda, porque, como ella misma cuenta, ha estado siempre. De niña hacía los deberes en la trastienda y ya cobraba en el mostrador. Recuerda que su padre le puso un altillo en la sección de pescado para que llegara a la caja de las monedas. Con horario y responsabilidad empezó a los 16 o 17 años, los veranos y los fines de semana.
Después estudió fuera y probó otros trabajos, pero la tienda seguía en su cabeza. Sus padres, lejos de imponérselo, le insistían en que estudiara y no se atara. La vuelta fue decisión suya: tras casarse, su marido quería instalarse en Segovia, y ella tenía claro que, si regresaba, sería para quedarse en el negocio con sus hermanos.
Modernizar sin perder la esencia
Frente a unos padres que, según sus palabras, lo hacían “todo a pulmón”, Sandra ha introducido cambios sin tocar lo esencial. Abrió Instagram, habilitó WhatsApp para los encargos, implantó el control de stock en las cámaras y amplió la variedad de producto, sin dejar de ser la carnicería de siempre.
Las dificultades, explica, tienen que ver con el pueblo: hay poca población y cada vez más mayor, y en invierno hay días en que solo entran cuatro personas. A eso se suman la competencia de los supermercados grandes de Segovia, la necesidad de ajustar precios y un horario que no se detiene ningún día.
La clientela de los pueblos de alrededor
Aun así, Sandra insiste en que tienen mucho que agradecer. Los fines de semana y durante todo el verano llega gente de Madrid y de los pueblos de alrededor, visitantes a los que les gusta venir y que, en su opinión, mantienen vivos los pueblos. A ellos se suman vecinos de otras localidades que compran en la carnicería a diario, tanto en invierno como en verano.
Sin esa clientela, reconoce, el comercio ya habría cerrado. “No solo se mantiene un negocio de la gente de dentro del pueblo. Un negocio se mantiene con los de alrededor”, explica. Y añade: “Si no amas el pueblo y el trato con la gente, es duro. Pero muy grato a la vez”.
Jimena: el oficio en verano
Jimena, sobrina de Sandra, trabaja en la carnicería durante los veranos. Sus jornadas empiezan temprano, cuando buena parte de la gente está de vacaciones: preparar el mostrador, recibir y colocar el producto, atender a los vecinos y dejar listos los pedidos. Al cierre toca recoger y limpiar para el día siguiente. Acaba cansada, cuenta, pero casi siempre con alguna sonrisa de por medio.
De su abuela y de su tía dice haber aprendido la disciplina, el valor del trato cercano y la constancia de estar ahí cada día. Destaca su paciencia para enseñar a quienes empiezan, la importancia de los pequeños detalles y la capacidad de intuir qué necesita cada cliente sin conocerlo.
A sus amigos les extrañaba al principio que pasara el verano en una carnicería, aunque hoy muchos de ellos también trabajan en esos meses. Sobre su futuro en el negocio, prefiere centrarse ahora en aprender y no descarta nada: “El tiempo dirá hacia dónde encamino mis pasos”.
Mujeres rurales, sin etiquetas
Para Jimena, ser mujer y trabajar en un pueblo significa comunidad, fuerza y raíces, y la carnicería es también un lugar de encuentro y confianza entre vecinos.
Sandra rechaza la imagen de la mujer rural como tendencia. “Soy mujer rural porque he nacido en lo rural, porque vivo en lo rural y porque vivo de lo rural”, afirma. Para ella, eso significa levantarse a las seis, mancharse las manos y no tener vacaciones cuando las tiene todo el mundo. Pero es también, dice, un orgullo que nadie le puede quitar.
Ese orgullo lo aprendió de su madre, que llevó la casa y el negocio a la vez, también durante una enfermedad grave. “Nunca la he visto quejarse”, concluye.
Artículos relacionados
- Un expositor de muebles donde elegir en Prádena
- La Junta comienza en Riaza la ejecución del proyecto de acondicionamiento y señalización de grandes rutas para bicicletas de montaña en la comarca del Nordeste
- Los cencerros volverán a sonar por San Andrés
- Nuestros equipos en competición durante noviembre
- Una oda al espíritu navideño en el Mercado del Acebo de Prádena



Escribir un comentario