Abre sus puertas
Esther Fernández Amell (La Cosechadora): "El bar da vida al pueblo y quien entra tiene que sentirse como en casa"
Esther cuenta que siempre tuvo ganas de dejar el asfalto y trasladarse a un entorno rural. El estrés y el ritmo de vida de la ciudad la habían agotado y desde hacía tiempo rondaba por su cabeza la idea de tener una casita rural o un restaurante pequeño donde la gente que se acercara pudiera sentirse como en casa y comer como en casa.
Sin embargo, reconoce que postergó el proyecto durante años por una razón concreta: el medio rural no ofrece las mismas oportunidades formativas que la ciudad para los jóvenes. Esperó a que sus hijos terminaran sus estudios universitarios y se incorporaran al mercado laboral antes de dar el paso. Cuando lo hicieron, no tardó en actuar.
El bar abrió sus puertas el pasado verano y reconoce que en ese tiempo las cosas le han ido bastante bien y que está muy contenta con el cambio que ha dado.
El bar, club social del pueblo
Para Esther, el papel de un bar en un pueblo pequeño va mucho más allá de servir comidas o bebidas. Lo define como un club social, un centro de reunión donde los vecinos pueden charlar y salir de su rutina diaria, especialmente la gente mayor. En su opinión, el bar da vida al pueblo.
Sobre su integración en Castillejo de Mesleón, asegura sentirse bastante querida, aunque reconoce que los primeros tiempos fueron duros. Nunca se había dedicado a la hostelería y tuvo que aprender sobre la marcha, conociendo a la gente y sus preferencias. Con el tiempo, siente que va siendo una más del pueblo.
Sin carta, como en casa
El restaurante no trabaja con carta. Fiel a su idea original de que los comensales se sientan como en casa, Esther se levanta cada día y elabora un menú del día con tres primeros y tres segundos a elegir, cocinados con mimo y con productos de temporada.
La huerta marca su cocina. En otoño, por ejemplo, trabaja mucho con calabaza, que este año ha tenido una cosecha especialmente buena. Pero lo que más la define es su apuesta por la cocina tradicional, la de siempre: sopas de ajo, potajes, lentejas con chorizo, migas, sopa castellana o cocido. Platos que, como ella misma dice, saben a casa, a la de toda la vida, a lo que hacían las abuelas y que aún hoy generan ese bienestar de sentirse a gusto en la mesa.
"Que no le tengan miedo"
A quienes están pensando en hacer un cambio similar, Esther les manda un mensaje claro: que no se arrepentirá, que en el mundo rural la acogida suele ser buena y que merece la pena.
Reconoce que hay cosas que se echan de menos, como la posibilidad de salir una tarde de compras o acudir a un teatro de forma improvisada, algo habitual en una gran ciudad. Pero defiende que el medio rural ofrece otra manera de llenar los días: visitar pueblos cercanos, pasear por el monte con sus perras, o aprovechar lo que da la huerta en cada estación. Recoger moras para hacer mermelada, pelar y freír tomates para un buen pisto. Otra forma de ver la vida, concluye.
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