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Editoriales

EDITORIAL Los derechos no se heredan: los defiende cada generación

El 8 de marzo de 2026 se celebra bajo el lema internacional "Derechos. Justicia. Acción. Para TODAS las mujeres y niñas". Es un lema que suena a declaración de intenciones, pero que contiene, si se lee despacio, una advertencia: que los derechos sin justicia son papel, y que la justicia sin acción no llega sola.

Una generación que nació con derechos

Hay una conversación que se repite en muchos hogares y aulas de este país. Una chica joven dice que el feminismo ya no hace falta, que las mujeres ya tienen los mismos derechos que los hombres, que eso era cosa de sus abuelas. Un chico de dieciséis años ve con nostalgia vídeos en redes sociales que evocan una España en blanco y negro donde "cada uno sabía cuál era su lugar". Ninguno de los dos ha vivido lo que significa no poder abrir una cuenta bancaria sin permiso del marido, no poder trabajar sin autorización paterna, no poder denunciar una violación dentro del matrimonio porque la ley no la reconocía como tal.

Nacieron en democracia. Es una suerte enorme. Y esa misma suerte puede convertirse en una trampa si se confunde el punto de llegada con el de salida.

Los derechos que hoy se dan por sentados no surgieron solos. Fueron conquistados por mujeres que se organizaron, que se manifestaron, que fueron encarceladas, que perdieron empleos y que, en muchos países del mundo, siguen perdiendo la vida por reclamar lo que aquí consideramos mínimo. Simone de Beauvoir lo formuló con precisión: los derechos nunca se dan por adquiridos; hay que permanecer vigilantes toda la vida. No como consigna, sino como descripción de cómo funciona la historia.Noticias periodico 1080 x 1350 px   2026 03 07T133838.060

La nostalgia de lo que nunca existió

Más inquietante aún es la nostalgia. En los últimos años ha crecido, también entre jóvenes, un discurso que idealiza un pasado donde las relaciones entre hombres y mujeres eran "más sencillas", donde los roles estaban "claros" y donde nadie cuestionaba nada. Ese pasado que se añora es, en realidad, el pasado de quienes tenían el poder: no el de las mujeres que lo vivieron.

Las mujeres del Nordeste de Segovia que hoy tienen sesenta, setenta u ochenta años saben exactamente lo que significa ese tiempo sin derechos. Lo saben en el cuerpo, en las trayectorias laborales truncadas, en las herencias que no recibieron, en los silencios que aprendieron a mantener. La violencia de género no estaba ausente en aquella época: estaba normalizada. No existía en los datos porque no existía el mecanismo para registrarla.

Romantizar ese período no es inocente. Es, deliberadamente o no, una forma de decir que la subordinación era un orden natural, y que el problema no era la realidad de aquellas mujeres sino el hecho de que ahora se nombre.

Los datos del presente

La declaración institucional del Gobierno de España con motivo de este 8M recoge que, según ONU Mujeres, ningún país ha alcanzado todavía la igualdad jurídica plena. A escala mundial, las mujeres acceden a aproximadamente el 64% de los derechos reconocidos a los hombres. En España, la brecha salarial se sitúa en el 15,7% —el valor más bajo de la serie histórica, pero una brecha al fin— y la brecha en trabajo a tiempo completo se mantiene en el 4,9%.

Son avances reales. Y son, al mismo tiempo, la prueba de que queda recorrido. La igualdad formal —la que recogen las leyes— no se traslada de forma automática a la igualdad real, la que se mide en sueldos, en tiempo de cuidados, en seguridad en el espacio público, en presencia en los espacios de decisión.

Lo que se juega en los pueblos

En un territorio rural como el Nordeste de Segovia, estas cifras tienen una textura específica. La distancia a los servicios, la precariedad del transporte, la concentración del trabajo de cuidados en las mujeres y la menor presencia femenina en los órganos de representación local son condiciones que amplifican las desigualdades que existen en cualquier lugar.

Por eso el 8M no es una fecha ajena a estos pueblos. Es, precisamente aquí, donde más sentido tiene salir a la calle, leer un manifiesto, discutir en un taller qué cuentos hemos heredado y cuáles queremos cambiar.

Una tarea de todas las generaciones

Los derechos no se conservan solos. Cada generación los recibe, los usa y decide si los pasa intactos, reforzados o debilitados a la siguiente. La generación que nació con la democracia tiene la responsabilidad —no el mérito automático— de entender por qué existe lo que existe.

Eso no se aprende mirando hacia atrás con nostalgia. Se aprende escuchando a quienes vivieron lo que nosotros no hemos tenido que vivir. Y actuando en consecuencia.

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