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La opinión de nuestros lectores

La idealización del autoritarismo entre los jóvenes

Medio siglo después de la muerte de Franco, el 20% de los jóvenes españoles muestra simpatía por regímenes autoritarios que nunca conocieron. La falta de pensamiento crítico y el desconocimiento de las consecuencias reales de la dictadura —represión, miedo, pérdida de libertades— convierten la historia en un relato peligrosamente simplista. La educación crítica es hoy más necesaria que nunca para que las nuevas generaciones no caigan en la trampa de idealizar un pasado que destruyó vidas y silenció a millones de personas.

Tras casi medio siglo de restauración de la democracia en España, resulta sorprendente y preocupante que un segmento significativo de jóvenes idealice lo que nunca vivió. Algunas encuestas recientes aportan la información de que cerca del 20% de los jóvenes muestra simpatía por regímenes autoritarios, y algunos incluso desean volver a una España que recupere el orden de la época dictatorial. Este hecho manifiesta que la memoria histórica no ha sido suficiente para transmitir las lecciones de aquel pasado. Conocer la historia solo de manera superficial, sin contexto, sin análisis crítico ni testimonios directos, se convierte en un relato simplista y hasta seductor. Y este es un hecho que no solo afecta a nuestro país, ya que son muchos los países con una larga trayectoria de democracia liberal que asisten al mismo fenómeno.

España vivió la dictadura que dejó profundas cicatrices en la sociedad española y en sus instituciones: millones de personas fueron encarceladas, exiliadas o silenciadas; la libertad de prensa y expresión quedó abolida; la educación se convirtió en un instrumento de adoctrinamiento; y la participación política se restringió drásticamente. Las mujeres fueron relegadas a roles tradicionales, los sindicatos prohibidos y cualquier forma de disenso se castigaba con dureza. El miedo se convirtió en un mecanismo cotidiano, y la obediencia, en norma social.

Y si esto fue lo que acaeció durante un largo periodo de casi cuarenta años, ¿por qué una parte tan considerable de nuestra juventud piensa que el autoritarismo y la falta de libertad es algo deseable a lo que deberíamos volver?

Deberíamos ser conscientes de que la nostalgia por la dictadura no es un capricho inofensivo, sino un riesgo real derivado de la ignorancia y la falta de pensamiento crítico: idealizar un régimen que suprimió libertades y destruyó vidas refleja que la historia no ha sido analizada ni discutida con profundidad. Se está ignorando el miedo, la represión y la pérdida de derechos que realmente significó.

Si en una zona como la nuestra no han sido tan perceptibles los ejemplos concretos del franquismo, no por ello hemos de obviar que fueron claros y estremecedores en el conjunto del país. Se castigó a miles de personas por su vinculación con la Segunda República; los juicios sumarísimos y los trabajos forzados afectaron a generaciones enteras; la censura silenció cualquier debate público sobre justicia, política o derechos; y la educación, lejos de formar ciudadanos críticos, sirvió para inculcar obediencia y conformidad.

No podemos soslayar que todos los regímenes políticos nos presentan un muestrario de corrupción, prevaricación, caciquismo, injusticia y desigualdad social; pero ello no debiera llevarnos a considerar que la democracia es permisiva con estos casos. Es más, tolerancia cero cuando esto se produzca.

Sin conocer estas experiencias, es comprensible que algunos jóvenes puedan caer en la trampa de idealizar la dictadura como un período de "orden" o estabilidad, ignorando la violencia sistemática que sustentaba esa aparente tranquilidad.

Y tengamos muy presente que la tiranía de un régimen no depende únicamente de líderes crueles, sino también de la pasividad de personas comunes que dejan de pensar críticamente y aceptan la autoridad sin cuestionarla.

Educación y pensamiento crítico

Los que hemos dedicado largos años de nuestra vida a enseñar historia constatamos que la educación tiene un papel central en esta reflexión. Enseñar historia no puede limitarse a fechas y hechos. Es necesario, cuando se estudia historia sobre todo en las etapas de la ESO y Bachillerato, incorporar testimonios, análisis crítico y reflexión ética sobre las consecuencias humanas de la dictadura y el autoritarismo. Mostrar cómo la represión afectó a la vida cotidiana de millones de personas, cómo el miedo convirtió a la sociedad en cómplice y cómo la censura eliminó cualquier posibilidad de debate público, permite a los jóvenes dimensionar el precio real de la obediencia acrítica. Además, la educación crítica no solo protege contra la nostalgia autoritaria, sino que forma ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, cuestionar narrativas simplistas y valorar la libertad.

Sabemos que la información que reciben muchos jóvenes a través de sus entornos sociales, redes digitales y medios de comunicación tiende más a distorsionar la realidad; pero la institución educativa no puede abandonar este enfoque que es fundamental para vivir en una sociedad democrática. Enseñar a los jóvenes a analizar críticamente el poder, a cuestionar la información y a reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones fortalece la democracia y previene la repetición de errores históricos. Y ahora esto es muy importante.

La educación no solo transmite conocimientos, sino que forma ciudadanos capaces de resistir la seducción del autoritarismo y valorar la libertad como un bien irrenunciable. Debemos actuar ahora para evitar que los jóvenes caigan en la fascinación por ese pasado oscuro y que no se repitan estos errores en las nuevas generaciones.

 

Tribuna de Jesús López Ramos, maestro jubilado y vecino de Valdebarnés 

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