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Bercimuel: el pueblo con alma de ochavo que conserva tradiciones únicas en el Nordeste de Segovia

Cabeza histórica de uno de los ochavos de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda, Bercimuel atesora un patrimonio que va desde su iglesia románica del siglo XII hasta tradiciones tan singulares como el juego de la gurria o el campeonato de tiro de boina. Un recorrido por los rincones que hacen única a esta localidad segoviana, de la mano de su cronista oficial.

Por Juan Martos Quesada, Cronista Oficial de Bercimuel

Bercimuel no es un pueblo cualquiera. Su origen se remonta a época anterior a la romana y alcanzó su cenit en la Edad Media, cuando fue nombrado cabeza de uno de los ochavos de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda. Esta pequeña localidad del Nordeste de Segovia se resiste a pasar inadvertida y conserva un patrimonio material e inmaterial que merece ser descubierto.

La iglesia de Santo Tomás, centinela del Barrio Chico

El templo románico castellano-leonés del siglo XII preside la explanada del Barrio Chico como un gigante de piedra. Aunque sufrió modificaciones en los siglos XVII y XIX, conserva elementos que hacen que el visitante detenga su paso: la majestuosa espadaña donde anidan las cigüeñas cada verano, los canecillos que coronan su fachada y el arco de medio punto cegado en la cara este, que antaño daba acceso al atrio.

Su interior alberga un recorrido por la imaginería castellana: un retablo del XVII dedicado a San Juan, el altar mayor de factura manierista y una pila bautismal con gallones bajo el coro. Pero quizá la mejor perspectiva se obtiene desde el puente que atraviesa el arroyo de Valdelavaca –uno de los dos riachuelos que recorren el pueblo junto al del Pradillo–. Desde allí, con el rumor del agua y la silueta de la encina Blas al fondo, la iglesia despliega toda su sobria solidez.

Fuentes centenarias: testigos del agua abundante

Bercimuel siempre ha sido un pueblo de agua. Casi todas sus casas tradicionales tienen pozo, y de las fuentes construidas a principios del siglo XX aún perviven dos: la fuente de Carrecampo (1908) y la fuente de la Iglesia o del Barrio Chico (1915), ambas con sus fechas grabadas en piedra.

La fuente de Carrecampo, situada en el camino hacia Campo de San Pedro, cuenta con dos pilones de medio metro de altura que servían como abrevaderos. Su pilastra se remata con un capitel de formas curvas y una piedra tallada en forma de seta.

La fuente de la Iglesia, de casi quince metros de longitud, sorprende por su singularidad: también dispone de dos pilones alargados, pero su pilastra no se sitúa al inicio sino en el centro, creando una composición arquitectónica peculiar en el corazón del pueblo.

El crucero de 1693: elegancia silenciosacreucero Bercimuel

En las afueras, camino de la fuente de Carrecampo, se alza uno de los monumentos más queridos por los vecinos: el crucero. Con casi cinco metros de altura, este conjunto del siglo XVII se levanta junto al camino y al río, rodeado de un aire de serenidad.

Su estructura es compleja: una plataforma cuadrada sostiene un pedestal octaédrico donde aún puede leerse "anno de 1693", sobre el que se eleva un fuste cilíndrico liso de dos metros. Lo corona una cruz con un Cristo crucificado del estilo de mediados del XVII en su cara sur, y una Virgen con el niño en la cara norte.

El Pico de la Cuesta: el mirador natural del pueblo

Pasear al atardecer es una de las actividades favoritas de los vecinos de Bercimuel. Uno de los itinerarios preferidos conduce al Pico de la Cuesta, un mirador natural al que se accede por una suave pendiente que pasa junto a la antigua mina de sepiolita.

A unos doscientos metros, girando a la derecha, una encina señala el lugar exacto donde sentarse a contemplar una panorámica soberbia: las tierras de trigo y cebada en diversas tonalidades de verde, el marrón de las tierras labradas, el arroyo de Los Pradillos y el casco urbano de Bercimuel a los pies del espectador.

La gurria y la boina: tradiciones que resisten

Pero Bercimuel no solo conserva piedras. También mantiene vivas tradiciones únicas. El juego de la gurria, conocido en otras partes de España con nombres como pita, pina o chueca, era practicado tradicionalmente por los pastores. Ya Lope de Vega lo mencionaba en el siglo XVII.

Consiste en introducir una bola de madera de encina o roble en un agujero, golpeándola con un palo de unos setenta centímetros acabado en una trompa similar a un cayado. Dos equipos compiten en terreno amplio, normalmente las eras, sin poder tocar la bola con manos o pies. La popularidad de este juego quedó reflejada cuando, en los años setenta, una de las primeras asociaciones juveniles del pueblo se autodenominó Peña "Los Gurrieros".

El campeonato de Tiro de Boina, por su parte, está a punto de cumplir treinta años. Nació vinculado a las Fiestas de Agosto y recupera la tradición de esta prenda, que en el pueblo tenía un significado especial: un joven solo podía llevarla cuando comenzaba a realizar trabajos de adultos.

El juego es aparentemente simple –lanzar la boina lo más lejos posible–, pero requiere habilidad para calcular el viento, el peso de la prenda y la parábola adecuada. No es raro ver boinas aterrizando en los tejados, para lo cual siempre hay escaleras preparadas.

Contacto del cronista: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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