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Imagen creada con IA para respetar la confidencialidad de las participantes
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Reportajes

Mujeres del Nordeste de Segovia: tres generaciones y los derechos que no se heredan

El 8 de marzo de 2026 se celebró bajo el lema internacional «Derechos. Justicia. Acción. Para TODAS las mujeres y niñas». Es un lema que suena a declaración de intenciones, pero que contiene, si se lee despacio, una advertencia: que los derechos sin justicia son papel, y que la justicia sin acción no llega sola. Meses después, este periódico ha sentado a hablar a siete mujeres del Nordeste de Segovia, de 17 a más de 80 años: las que nacieron sin esos derechos, las que crecieron con ellos y las que aún no han tenido que usarlos.

Una generación que nació con derechos

Hay una conversación que se repite en muchos hogares y aulas de este país. Una chica joven dice que el feminismo ya no hace falta, que las mujeres ya tienen los mismos derechos que los hombres, que eso era cosa de sus abuelas. Un chico de dieciséis años ve con nostalgia vídeos en redes sociales que evocan una España en blanco y negro donde «cada uno sabía cuál era su lugar».

Ninguno de los dos ha vivido lo que significa no poder abrir una cuenta bancaria sin permiso del marido, no poder trabajar sin autorización paterna, no poder denunciar una violación dentro del matrimonio porque la ley no la reconocía como tal.

Nacieron en democracia. Es una suerte enorme. Y esa misma suerte puede convertirse en una trampa si se confunde el punto de llegada con el de salida.

Los derechos que hoy se dan por sentados no surgieron solos. Fueron conquistados por mujeres que se organizaron, que se manifestaron, que fueron encarceladas, que perdieron empleos y que, en muchos países del mundo, siguen perdiendo la vida por reclamar lo que aquí consideramos mínimo. Simone de Beauvoir lo formuló con precisión: los derechos nunca se dan por adquiridos; hay que permanecer vigilantes toda la vida. No como consigna, sino como descripción de cómo funciona la historia.

La escuela hasta donde alcanzaba el dinero

Amparo fue a la escuela hasta los trece años y sacó el certificado de estudios primarios, algo poco común entre las niñas de su quinta. «Fuimos muy poquitas de mi edad las que lo sacamos», recuerda. Su maestra fue a hablar con sus padres para que la mandaran a estudiar a Segovia. No podía ser porque no había dinero. En su lugar la enviaron a un curso de costura, un oficio que sí encajaba en lo previsto.

Eran ocho hermanos. Los demás fueron marchándose; ella se quedó hasta los veinte ayudando en casa y en el campo. «Si hacía falta que fueras con las ovejas, tenías que ir con las ovejas», cuenta. Su hermano le ofreció comprar un tractor y quedarse en el pueblo. Dijo que no. «Yo me daba cuenta de que no era lo mío.»

Hortensia estudió interna en Ayllón desde los diez años. «Íbamos en septiembre y hasta las navidades no volviámos al pueblo. Yo lo pasé muy mal; mi hermana iba contenta, pero yo siempre iba llorando.» De lo que quería ser de mayor se ríe todavía: «Le dije: yo no quiero estudiar ni quiero ser nada, yo lo que quiero es casarme con un tío bueno.» Insiste en que le salió espontáneo. Pero esa espontaneidad tenía un contexto: era, para casi todas, el único proyecto de vida disponible.

Ese reparto empezaba antes que la escuela. «La libertad que tenían ellos no la teníamos las chicas. A ellos les dejaban ir a las fiestas y a nosotras nos recogían cuando mejor te lo estabas pasando, eran las diez y te tenías que venir a casa.»

Esther, de 33 años y nueva vecina en la comarca, lo reconoce en su propia familia. Una de sus abuelas nació en 1929 en la portería de Madrid donde trabajaba su madre; siendo la mayor, cuidaba a sus dos hermanos y vigilaba el fuego con seis años. Fue a la escuela lo justo para aprender a leer y escribir. La otra era analfabeta. Sus hijas aprendieron a leer gracias a su padrino, «porque no se podían permitir ir a la escuela».

Ángela, de 22, resume así lo que le han contado del pueblo: «Vivieron trabajando en el campo y con el ganado, y también haciendo las tareas de casa y cuidando a la familia.» Tres jornadas superpuestas, de las que solo una se contaba como trabajo.

El día que se casaban, se acababa el empleo

Amparo se fue a Madrid con veintiún años. «Lo único que quería era trabajar en lo que me saliera.» Entró en unos grandes almacenes y allí conoció a su marido. Duró hasta los veintisiete: el día que se casó, lo dejó. «Era lo que se estilaba. Ni te lo planteabas.»

Dolores cuenta lo mismo con otras palabras. Empezó a los catorce en una fábrica y a los dieciocho entró en un laboratorio farmacéutico, donde estuvo ocho años. Del sueldo no disponía: «El dinero lo gobernaban mis padres.»  «Cuando yo me casé, casi todo el mundo se despedía. A raíz de casarme yo, ya empezaron más a quedarse.» 

En casa de la abuela de Esther la regla era la contraria y venía del mismo sitio. «Para mi abuelo era una deshonra no poder proveer, y no la dejaba trabajar si no era imprescindible.» Pasaron hambre en la posguerra, con cuatro hijos.

Amparo no se quedó solo con el trabajo del hogar, compró una máquina de coser y cosió para una tienda. Después se sacó el título de peluquera y trabajó en casa. No llegó a abrir un local: «Tampoco andábamos sobrados de recursos.»

Sobre la cuenta en el banco, las respuestas son reveladoras por lo que dan por supuesto. Una nunca tuvo cuenta propia: «No porque él me lo prohibiese. Porque yo era muy vaga.» Otra la tenía a nombre de los dos, pero no la usaba: «Yo entonces no iba a sacar, porque como estaba él…»

La cadena de los cuidados

Cuando Amparo empezaba a plantearse el siguiente paso, llegó lo que ella resume en una frase: «Cuando dejas de cuidar a los hijos, cuidas a los padres.» Fueron doce años, con calendario y turnos entre hermanos. «Un trajín.» Ahí se acabó la peluquería.

Esa cadena aparece también en la familia de Esther, y con un reparto claro. De las dos hijas de su abuela, una se casó y fue ama de casa; la otra, al quedarse soltera, se ocupó de los padres. Esa misma tía, cuenta, tuvo hora de llegada a casa hasta el día antes de casarse, cerca ya de los cuarenta.

Preguntadas por quién decidía las cosas importantes, las mayores responden lo mismo y casi a la vez: «Los dos.» Y a continuación, sin advertirlo, se matizan. «A mí, Antonio me ha dejado hacer lo que me ha dado la gana», dice una. «A ver, hasta cierto punto.» El verbo es el que cuenta: dejar. La igualdad, descrita como una concesión.

Amparo no comparte el diagnóstico general y conviene decirlo: «Habrá personas que han sido discriminadas, mujeres en sus casas. Aquí hemos sido dos para tomar decisiones. Yo no lo he sentido.»

Hubo también quien plantó cara pronto: «Una vez le dije a mi marido: tú tienes tu carrera hecha, eres médico y todo lo que tú quieras, pero tú no eres más que yo. Aquí somos iguales. Yo no tengo carrera, pero tú a mí no me vas a pisar.»

Lo que no se contaba

La conversación se detiene cuando se pregunta qué pasaba si una mujer lo pasaba mal con su marido. «Entonces no se sabía nada. Aunque le pegaran, no te enterabas de nada. No es como ahora.» Una recuerda un caso del pueblo: «No salía apenas de casa. Estaba amargada completamente.» Otra, un relato que le contaba su padre: un hombre pegaba a su mujer en plena calle, un vecino se acercó a defenderla y ella se levantó para decirle que era su marido y que podía hacer con ella lo que quisiera.

La violencia de género no estaba ausente en aquella época: estaba normalizada. No existía en los datos porque no existía el mecanismo para registrarla. «Ahora tienes toda la libertad del mundo para hablar las cosas», concluye una de ellas.

Esther lo intuye en los silencios de su abuela: «Hay cosas que puedo deducir, pero que supongo que prefiere dejar ahí encerradas. Detrás de los miedos o advertencias raras hay experiencias muy desagradables que es probable que nunca hayan contado en voz alta, por miedo o por vergüenza.»

La nostalgia de lo que nunca existió

En los últimos años ha crecido, también entre jóvenes, un discurso que idealiza un pasado donde las relaciones entre hombres y mujeres eran «más sencillas», donde los roles estaban «claros» y donde nadie cuestionaba nada. Ese pasado que se añora es, en realidad, el pasado de quienes tenían el poder: no el de las mujeres que lo vivieron.

Ellas lo desmontan sin discurso. «Diferente, pero mejor no se sabe», responde una. Otra recuerda a su madre: «Esclavas completamente. Sin lavadora, sin nada. ¿Cómo se va a vivir antes mejor?» Amparo lo zanja con un matiz generacional: «Ellos no pueden vivir nuestra vida, pero nosotros tampoco sabemos estar a la altura de la juventud. Saben muchísimo más que nosotros en muchas cosas.»

Esther ve esos mensajes a diario y le producen otra cosa. «Cada día más, y los veo con más orgullo. Me da pena y rabia, porque creo que están perdiendo el foco de a quién perjudican esos mensajes. Piensan que no les va a tocar a ellos.» Y añade lo que más le duele: «Oírlo de gente cuyos padres lo han pasado tan mal y no se sienten ni un poquito aludidos. Olvidan de dónde vienen.»

Ángela los explica de otra manera: «La mayoría son por desconocimiento e ignorancia de lo que fue otra época.» Las dos describen el mismo fenómeno y discrepan en la causa. Ninguna de las dos lo comparte.

Romantizar ese período no es inocente. Es, deliberadamente o no, una forma de decir que la subordinación era un orden natural, y que el problema no era la realidad de aquellas mujeres sino el hecho de que ahora se nombre.

Los datos del presente

La declaración institucional del Gobierno de España con motivo de este 8M recoge que, según ONU Mujeres, ningún país ha alcanzado todavía la igualdad jurídica plena. A escala mundial, las mujeres acceden a aproximadamente el 64% de los derechos reconocidos a los hombres. En España, la brecha salarial se sitúa en el 15,7% —el valor más bajo de la serie histórica, pero una brecha al fin— y la brecha en trabajo a tiempo completo se mantiene en el 4,9%.

Son avances reales. Y son, al mismo tiempo, la prueba de que queda recorrido. La igualdad formal —la que recogen las leyes— no se traslada de forma automática a la igualdad real, la que se mide en sueldos, en tiempo de cuidados, en seguridad en el espacio público, en presencia en los espacios de decisión.

Lo que se juega en los pueblos

En un territorio rural como el Nordeste de Segovia, estas cifras tienen una textura específica. La distancia a los servicios, la precariedad del transporte, la concentración del trabajo de cuidados en las mujeres y la menor presencia femenina en los órganos de representación local son condiciones que amplifican las desigualdades que existen en cualquier lugar.

Esther cree que hoy las oportunidades son parecidas para chicos y chicas, con una salvedad: «Queda mucho por cambiar, porque el machismo sigue muy presente en las pequeñas cosas. Las chicas que se quieren dedicar a trabajos más físicos tienen que demostrar mucho más que cualquier chico.»

Ángela también las ve «más similares que antes». Y se ve viviendo en el pueblo de mayor, con una condición: «Lo más importante para vivir en el pueblo creo que son las oportunidades a nivel laboral para poder trabajar.»

Alejandra, de 17 años, lo mira desde el escalón siguiente. «En el pueblo sigue habiendo trabajos muy manuales: hostelería, ganadería, agricultura. Hay pocas oportunidades comparado con la ciudad.» Sobre la nostalgia, señala dónde la encuentra: «Lo veo mucho más en cuanto a la organización familiar, sobre temas de la mujer.» Y se imagina quedándose, con la misma condición: «Me encantaría criar a mis hijos en el pueblo e intentar que crezca. El problema es que tenemos muy pocas facilidades para vivir: el trabajo, ir a la compra, el transporte.»

Es la misma frontera que cruzaron sus vecinas hace sesenta años, movida de sitio. Entonces faltaba el permiso. Ahora, las tres mujeres jóvenes con las que ha hablado este periódico coinciden en lo mismo: lo que falta es trabajo.

Por eso el 8M no es una fecha ajena a estos pueblos. Es, precisamente aquí, donde más sentido tiene salir a la calle, leer un manifiesto, discutir en un taller qué cuentos hemos heredado y cuáles queremos cambiar.

Una tarea de todas las generaciones

Los derechos no se conservan solos. Cada generación los recibe, los usa y decide si los pasa intactos, reforzados o debilitados a la siguiente. La generación que nació con la democracia tiene la responsabilidad —no el mérito automático— de entender por qué existe lo que existe.

Eso no se aprende mirando hacia atrás con nostalgia. Se aprende escuchando a quienes vivieron lo que nosotros no hemos tenido que vivir. Y actuando en consecuencia.

Firmado por Rosa Matías, coordinadora de El Nordeste de Segovia

Versión ampliada y firmada del editorial publicado el 7 de marzo de 2026, con testimonios recogidos en la comarca nordeste de Segovia en septiembre de 2026

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